Ella, enfundada en aquel vestido púrpura que divagaba sutil y radiante entre lo vulgar y lo elegante, el cabello castaño largo y suntuoso recogido en un sofisticado mono francés; maquillaje discreto que acentuaba sus facciones de muñeca de porcelana (de esas mismas que se coleccionaban en las cortes de los zares) y el embriagante aroma de un costoso perfume de una reconocida casa italiana.
Ella, y una milonga plagada de todos aquellos a quienes los bandoneones y la melancolía les hacían recordar el temblor de un paso, la pasión de un baile que igualmente divagaba entre la frontera de elegancia callejera y la melancólica sutileza del brutal Buenos Aires.
Ella y el humo de un cigarrillo. Ella y una copa de Malbec. Ella, el caprichoso y renovado aroma bonaerense hecho una mujer: una que cada día se disponía a labrarse un camino en un mundo de hombres. Ella, astuta y criminalmente sagaz. Ella, la que lidiaba con decisiones y números cada día. Ella, la que enfrenta un mundo en donde no es bienvenida por una diferencia genética. Ella, la respetada y temida, ella la figura pública a quien se le reconocen los meritos que a un hombre se le exigen: joven, inteligente, decidida, audaz y totalmente independiente. Ella, la graduada Cum Laude en una prestigiosa Universidad del extranjero, la de los premios corporativos cuando aun no cumplía los 26, ella la de la portada de la revista económica que leen todos sus competidores (esa misma en donde aparecía mas como modelo de alta costura que como empresaria).
Ella, un nombre simple de mujer, Eva. Ella, la que en las noches como aquella dejaba de ser aquella mujer y se convertía en lo que amaba. Una amante de la sensual tragedia de la canción del arrabal. Porque a pesar de todo ella era una de esas tantas que fueron criadas con lamentos de bandoneón y quejas de sorprendentes interpretes que le cantaban al dolor y al desamor, a la pasión de un encuentro furtiva y prohibido, al deseo y a las lagrimas.
Eva lo sabía y era más que feliz con ello, o quizás con ellos.
Era sábado por la noche y como todos los sábados, ella buscaba las más viejas, las más populacheras y honestas milongas del viejo Buenos Aires. Ella quería dejarse seducir por el tango de verdad. No de aquellos elaborados y elegantes tangos de salón que ganan campeonatos en los programas de televisión nocturna o dominical. Claro que esos eran hermosos, pero no eran reales. Esos eran tangos para artistas, críticos y premios. Ella quería el tango de verdad. El de compadritos y callejeras; el de una vieja pareja bailando la vieja guardia, el de las calles, el de los truhanes que bailaban para no matarse en la calle o en la cama, el de la pasión y el deseo a flor de piel.
El ritual era el mismo todas las noches de sábado. Enfundarse en aquellos hermosos vestidos, como el púrpura de esa noche, calzar los altísimos zapatos de tacón y comerse el mundo en las milongas, que de esas estaba plagado Buenos Aires. Llegaba a una de ellas y el ritual iniciaba siempre igual. Una mesa libre, encender un cigarrillo largo y pedirle al mozo en turno que le sirviera un vino barato, dejarse seducir por el encanto musical que la orquesta tocase y luego escoger a aquellos que serian o que más bien servirían a sus propósitos. Solo los mejores, solo los más talentosos podrían siquiera acercarse. Porque había que admitir que ella era toda una maestro en el arte del desden. Porque a diferencia de todas aquellas que también estaban allí, ella era diferente.
Fue así como desfilaron los mejores ejemplares de la fauna masculina de Buenos Aires con cada uno de los mejores tangos. Así el compadrito de traje a rayas y pinta de galán de esquina bailo con ella al ritmo de "Nocturna" de Plaza, el viejo y elegante dueño de tienda al ritmo de "Lo han visto con otra", el joven conquistador al ritmo de "El Marne" de Aolas. Ella jugo su juego, ella les hizo creer que eran ellos quienes la conducían magistralmente por la pista, cuando era ella quien se lucia y les guiaba a guiarla en aquel ritual urbano de total seducción al ritmo de tangos y milongas.
Eva era la reina no coronada de cada una de aquellas instituciones de la danza a donde asistía. Y era eso precisamente lo que buscaba pero a pesar de ello algo faltaba. Ese perfecto aderezo…
Tomo asiento de Nuevo para disfrutar tranquilamente del humo de un cigarrillo y del intenso sabor de aquel vino barato. Sonaba una grabación de Gardel y algunas parejas bailaban con el sonido melancólico de aquella leyenda. Fue allí donde le vio entrar. Paso firme y sombrero de medio lado, el saco al hombro, sin corbata ni vergüenza, con la arrogancia como acompañante y la masculina presencia de aquellos galanes de esquina que solo las porteñas pueden parir. Era guapo, evidentemente, pero no era su genética lo que le atraía sino aquella presencia y aquel porte divino y sensual, cual deidad erótica extraída de Las Mil y Una Noches.
El camino lentamente y seguro de si mismo hasta una de las mesas. Colgó su saco al mismo estilo que lo haría un torero ejecutando una verónica, apago su cigarrillo en el cenicero y levanto de su asiento a una de las mas hermosas concurrentes del lugar. Le llevo lentamente a la pista y con una mirada y un arrogante movimiento de cabeza inició el baile. Aquella pareja se notaba entre la multitud pero todos y sobre todo Eva sabía que no era a causa de la Hermosa mujer rubia sino de aquel hombre que irradiaba una vulgar elegancia y un rancio aire señorial. Aquella elegancia y sensualidad que conferían al tango que bailaban no podía provenir de otro lugar más que de los deseos más oscuros y de las ansias más carnales. Porque en eso consistía la magia de aquel ritual urbano de seducción, era un cortejo en donde se le confería de las características mas refinadas y elegantes a uno de los deseos mas primitivos del ser humano; y aquel macho argentino era todo un maestro en el arte de reducir la voluntad de sus presas a la nada y manipularlas a su encanto, todo ello aderezado con una altísima carga de feromonas y endorfinas, el aroma a tabaco, colonia barata y un traje impecable (de esos que solo los viejos sastres de viejos barrios pueden confeccionar).
Una suntuosa sensación de civilizado animalismo envolvió a Eva. Una mezcla compleja de excitación, deseo y miedo la invadió. Por primera vez se sintió presa y no cazadora y eso le aterraba. Por primera vez sentía el placentero miedo de la cacería. Por primera vez un Nuevo depredador había entrado a sus dominios pero esta vez no competiría por la presa sino la convertiría a ella en su presa. Aquel compadrito elegante se deslizaba lentamente en la pista y guiaba con majestuosa clase a su compañera. Su mirada lubrica y arrogante clavada sensualmente sobre los ojos de su compañera y el sonido de aquel delicioso tango no hacia mas que enamorar a su audiencia y reafirmar su papel de macho cazador.
Por primera vez Eva temía no ser fuerte y demostrar un verdadero interés en un cazador más poderoso que ella. Por primera vez sintió que ni el humo de sus cigarrillos, ni el sabor de su vino barato ni su propia belleza o su aura magnética podrían reafirmar su temple. Por primera vez sucumbía, se rendía ante le acechante encanto de un macho alfa y eso no era bueno, eso no era ni siquiera la sombra de aquella exitosa, respetada y reconocida mujer.
Por primera vez ella temía aquel calor y aquella humedad con la cual su cuerpo se revestía, y el, en aquella majestuosa danza le notaba inquieta, deseosa y temerosa. Y fue axial como en medio de aquel ritual de erotismo al compás de un tango, el le sonrío sensualmente y ella no supo como reaccionar a aquellas intensas corrientes eléctricas que le recorrieron la espina dorsal y remataron en ambos extremos, atrofiando su voluntad y excitando su deseo.
Y aquella pieza culmino magistralmente. El se separo de su compañera y camino lentamente hacia Eva de la misma manera que lo hacen los felinos en la selva que asechan a sus presas. Pasos firmes e intensos, cubierto de arrogancia y masculinidad, orgulloso de si mismo, las facciones de protagonista de película de los años cincuenta, la actitud de truhán de garito y un par de calidos ojos del color del embriagante whisky. Una extraña sensación de expectación y deseo le invadió súbitamente y la presencia de aquel hombre hizo que Eva dejase caer su cigarrillo al suelo sin razón aparente. La orquesta cayo en la expectación de saber quien seria la próxima a ser escogida por aquel cazador. Y como siempre las murmuraciones iniciaron. En aquel momento aquella vieja milonga era el universo completo y Eva era un pequeño satélite que orbitaba a merced de los deseos de un planeta habitado por el encanto, el aroma a tabaco y colonia de barbería y una altísima carga de testosterona. Eva sucumbió. Lo hizo por primera vez ante un hombre, ante un cazador, dejo de ser el perfecto ejemplo de mujer contemporánea o de líder de revista feminista. Se convirtió de Nuevo en una mujer deseosa que se rinde ante las armas de un hombre que provoca el deseo.
El llego ante ella y le vio fijamente a los ojos con la mirada saturada de lujuria y con el temple plantado en la arrogancia pero con una extraña y tierna sonrisa angelical. Ella sintió de nuevo como una terrible carga eléctrica le recorrió el cuerpo y una suntuosa humedad le revistió. El le tendió la mano en un galante gesto y ella no pudo resistirse a tomarla y morderse suavemente los labios. El sonrío de nuevo y ella sucumbió ante su sonrisa. La pista se abrió completamente para ambos de la misma manera que lo hacen las manadas de lobos cuando sus alfas se aparearan. Todos estaban a la expectativa de la mezcla que generaría aquella pareja singular. Ambos caminaron hacia el centro de la pista y Eva se preguntaba como había sucumbido, como había permitido que alguien totalmente ajeno a ella hubiese logrado que su voluntad y su orgullo fuesen colocados por el suelo de una manera tan seductora y generando tal carga de erotismo.
Llegaron juntos al centro de la pista y el la tomo sin dejar de verla y sin decir palabra alguna. Con una sola mirada y el gesto de acomodar su sombrero la orquesta inicio con un clásico de Gardel, “Por una cabeza”. La mano de aquel hombre descendió lentamente por la espalda de Eva y se poso firmemente en su cintura mientras sus ojos le veían intensamente, como tratando de extraer sus mas íntimos secretos y luego comerciar con ellos. Pero todo ello no importo desde el instante en el que aquel hombre inicio el ritual de seducción llamado tango. Eva, acostumbrada a guiar, debió rendirse ante el desde el primer instante en el que sus intenciones fueron cortadas, ella intento guiar y el la sujeto fuertemente y la regreso a su estado de sumisión. A lo que ella respondió obedientemente. Fue axial como ella comprendió el porque las mujeres que por décadas habían entonado himnos trágicos y de sumisión en sus tangos favoritos lo habían hecho con tan convicción. Y no podía ser por otra razón que no fuesen aquellos hombres que inspiraban aquella música.
Aquel extraño que semejaba un galante villano de película glamorosa hacia con ella todo lo que deseaba sin decir palabra alguna, sin dejarla de ver a los ojos a no ser por algún efecto dramático que enaltecía su arrogancia y la elegante estética de aquel baile. Y ella desfallecía, se rendía: sin voluntad, sin autodominio, sin vergüenza, sin represión, atada por completo a la voluntad de un hombre.
Elegantísimos ganchos, dramáticos efectos y exóticos pasos eran el resultado de un complejo, hermoso y sensual baile en el que una ponderosa y reconocida mujer se subyugaban a los deseos de un hombre. Aquel no era mas que la representación enésima de la misma historia que todos los tangos contaban. Era la tragedia de una intensa pasión, era la belleza del deseo sublimado, era el erotismo vulgar y suculento de la callejera y el canfliflero, el lugar era de nuevo un "bordello" y ellos, dos hermosos protagonistas de una historia de pasión.
Eva se olvido de los éxitos y los números, se le olvidaron las proyecciones y las reuniones de directiva, se le olvido el respeto ganado, se le olvido todo aquello para recordar su aspecto mas primitiva, recordó a la mujer que desea, a la mujer primitiva que necesita ser seducida y conducida al lecho no por el perfecto caballero sino por el macho conquistador. Ella danzaba de nuevo guiada, no era ella el timón sino la vela que era sabiamente conducida por el viento. Ella se sometía al ingenio de un hombre y su cuerpo se rendía a una fortísima carga feromona y emotiva mientras el solo sonreía con malicia.
Y en un gesto supremo finalizaron la danza con ella por los suelos suplicante y satisfecha y el acomodando su chaleco y sonriendo con desden.
Eva había sido reducida y exaltada al mismo tiempo. Luego en un dramático y caballeroso gesto, el la recogió gentilmente del suelo, la acerco fuertemente a si mismo y acaricio con su nariz la rosada mejilla de Eva. El cuerpo de ella se tensó y no pudo evitar lanzar un apagado gemido e incrustar sus largas unas en los hombros de aquel extraño. El simplemente sonrió y le vio fijamente a los ojos mientras sus narices se acariciaban y el calido aliento de ambos se mezclaba al momento en el que todo el salón aplaudía jubiloso.
El se retiro despacio y tomo galantemente la mano de Eva, la beso y condujo de nuevo hasta su asiento. Se sonrío de nuevo con ella, largamente. Hizo un dramático gesto con su sombrero, acaricio el hermoso rostro de Eva, se incorporo para sacar un cigarrillo del bolso de la atónita mujer y se dio la vuelta para partir.
Eva temblaba aun a causa de la excitación y casi no escucho lo que hizo que su cuerpo temblase aun mas a causa de la enorme sorpresa que aquello le provoco cuando una de las mozas de aquel lugar se acerco para llenar de nuevo su copa de vino barato.
- “Nena, sos afortunada. No cualquiera hace lo que hiciste con ese hombre. No cualquiera lo hace. Cualquiera de nosotras mataría por bailar como vos lo hiciste con el sordo.”
domingo, 6 de noviembre de 2011
Choregraphie: Rumba
"Ya no estás más a mi lado, corazón
En el alma solo tengo soledad
Y si ya no puedo verte
Porque Dios me hizo quererte
Para hacerme sufrir más…"
La Historia de Un Amor de Carlos Eleta Almaran
Caía la tarde lánguidamente. Al igual que caía la lluvia y resbalaba por los grandes ventanales del estudio. Las calles empezaban a poblarse de todos aquellos que por distintos motivos salían de esos distintos lugares en donde habían habitado, se habían quejado, o habían disfrutado todo un día, para transitar a otros ambientes en donde habitarían el resto de la noche. El movimiento era constante y atareado, como si la prisa fuese el único factor común que todos aquellos seres vivos compartieran, además de los paraguas y alguno que otro abrigo.
Pero dentro del estudio, todo era diferente.
Mientras que esas primeras lluvias de primavera refrescaban el intenso calor de las calles de la vibrante ciudad de Panamá, el estudio se había caldeado por la luz del sol y permitía un ambiente húmedo, un tanto denso, pero extrañamente acogedor. Al menos para ellos dos.
En el espejo, una figura alta y estilizada, enfundada en un pantalón negro ajustado y una sencilla camisa blanca con las mangas abiertas y el cabello largo y negro cuidadosamente peinado hacia atrás con gomina calentaba en la barra con cadenciosos movimientos al compás de una música que solamente sonaba en su cabeza y que movía lentamente sus músculos y sus huesos. Clavó su intensa mirada azul en el espejo y pudo notar como aquella otra figura danzaba como si estuviese sola, o como si disfrutara en creer que nadie la veía. Aunque Slalik sabía claramente que era solo una de esas artimañas de mujer latina para atraer la atención del hombre al que se desea.
Del otro lado, una figura felina y sensual. Descaradamente femenina e intensamente vital. Cubierta por un simple vestido de práctica blanco, pero que en aquella deliciosa y satinada piel bronceada por años por el sol de las playas del sur, la hacía lucir imponente. Altísimos tacones y el cabello recogido en una sencilla coleta, sin joyería alguna pero con un maquillaje que no hacía más que acentuar sus deliciosas facciones. Ella era "un tronco de mujer" como alguna vez le había dicho uno de sus alumnos venezolanos y más aún cuando descaradamente calentaba no frente a los espejos sino frente a la barra colocada en la ventana para que cada transeúnte pudiese observar como su belleza fatalmente animal podía seducir a cualquiera que la viese por más de cinco segundos. Ella bailaba suavemente, preparándose, pero sobre todo, haciéndole saber al guapo ruso que ensayaba frente a los espejos que esta noche serían solo ellos dos y que ella claramente pedía su atención.
Una mujer en la plenitud de su femineidad, con el cadencioso sabor de las especies del caribe en sus venas y el natural ritmo de las latinas nacidas bajo un sol de verano se giraba lentamente para caminar hacia el centro del estudio, totalmente preparada para conquistar, para tomar y no dejar huír. Como siempre lo hacía con cada una de las presas a las cuales atraía con su encanto.
Slalik vio claramente aquella abierta invitación al cortejo. Arregló el cuello de su camisa, quitó un botón más para mostrar su pecho y rió sin dejar de ver al espejo. Caminó lentamente hacia el reproductor, escogió una pista y camino hacia Malena.
Un hombre guapísimo, pensó ella mientras observaba aquella elegante y abierta postura en donde los brazos la invitaban a lanzarse en un abrazo o a retarlo a alejarse solo para mantener el juego que claramente se iniciaría cuando los primeros compases de aquel bolero sonaran. Y de hecho así fue. Lentamente aquel viejo bolero, interpretado por una mujer llenó el salón y la mirada de Slalik se clavó en los sensuales y desafiantes movimientos de aquella mujer a quien las palabras no podrían describir como hermosa pues poca justicia le harían. La lenta cadencia de los compases de aquel delicioso bolero guiaban claramente los movimientos en los que el ruso se presentaba como una exótica mezcla entre galán príncipe de cuento de hadas y ladrón taimado de relato erótico. Ágil y decadente la invitaba a seducirle. Y fue así como Malena continuaba con su cometido, el de hacer que aquel hombre la deseara hasta más no poder.
Pocos compases habían sonado y fue cuando aquel hombre la tomó delicadamente para iniciar una serie de elaborados y complejos giros a los cuales ella se subyugó sin oponer ningún tipo de resistencia. La tomó delicadamente por una de sus manos y la guió hacia una serie de pasos que mezclaban una insinuante caminata y suficientes giros de cadera, capaces de despertar el deseo en el más santo de los monjes de clausura o de hacer vibrar de deseo a cualquier aspirante a hermana de la caridad. Con elegantes, lánguidos y decididos movimientos de manos y brazos, Malena acariciaba su piel, las curvas insinuantes de sus senos y el talle de su cintura mientras que aquella abundante y rizada cabellera negra enarbolaba sensuales ondas que giraban al viento o caían delicada y sensualmente sobre su espalda desnuda. Slalik giraba tras ella tomando los brazos de Malena y levantándolos suavemente para dejar al descubierto un torso insinuante mientras que su aliento y su nariz recorrían lentamente el cuello de aquella portentosa panameña. Ella no hacía más que contonearse, cerrar los ojos y dejarse guiar por los deseos del ruso.
Aquella rumba era una clara invitación al deseo, un constante preludio al conocimiento carnal entre dos amantes que jugaban a acercarse y alejarse. Malena giraba sus caderas lentamente a partir de un centro en donde se conjugaba el deseo y la elegancia mientras que Slalik cerraba los ojos y la tomaba por el vientre para luego contonearla a partir de su cintura. Ambos cerraban los ojos y podían sentir el aroma animal que despedían, ese mismo que parecía haber sido incitado por aquella lluvia de mayo. Esa misma que como decían las abuelas, no hacía más que alborotar el calor. Incluso dentro de un estudio de baile al caer la tarde.
Elegantes y largos pasos, complicados giros y decadentes mezclas que se alternaban entre rápidos y deseosos movimientos, con sutiles y sensuales pasos lánguidos entre ambos bailarines. Se alejaban para retarse el uno al otro. Él mostraba una técnica depuradísima, con elegantes, masculinos y complejos pasos de baile, al más puro estilo europeo. Ese que sin dudarlo había ganado incontables premios en las capitales de la danza y había hecho que millones de varones lo envidiaran y mujeres lo desearan. Ella mostraba al contrario un estilo mucho más natural, descaradamente sensual e incitante. Un estilo con el cual solo se puede nacer, uno que no se puede fabricar aunque así se quisiese. Ella se insinuaba tan claramente que se debía ser ciego o ser alemán como uno el párroco de su iglesia decía, para no darse cuenta de la imperante sensualidad de Malena. Sus largas piernas creaban hermosos juegos y piruetas en el aire mientras que en el suelo pareciera que se deslizaba como si no existiese más que una fricción imaginaria y aquel fuese ese espacio ideal en donde todo podía suceder. Y es que todo era posible en aquel juego de seducción entre un hombre y una mujer. Porque este no era un juego de cacería, ni un subyugante juego de poderes. Eran dos seres apasionados seduciéndose el uno al otro al compás de un sensual bolero.
Los acordes de las guitarras que melódicamente invitaban a cerrar los ojos y dejarse llevar por su hechizo, el delicioso ritmo de unas maracas y claves marcaban un sensual ritmo en el que tanto las caderas como los hombros se movían para crear maravillas circulares que no hacían más que ser los puntos clave para aquel hermoso ritual de cortejo. La voz de una mujer que languidecía y se lamentaba tan sensualmente que el dolor parecía más poético que nunca. Esa era la magia del bolero. Ese mismo que hacía que Malena y Slalik se entregaran sin reservas el uno al otro en tan íntimo momento, tan a la vista de todos. Pero era la misma lluvia la que hacía que la concurrida calle panameña fuese el escondite a la vista de todos, pues todos se preocupaban de no mojarse con la lluvia mientras que dos bailarines estaban intensamente húmedos adentro de un local. De nuevo a la vista de todos.
El bolero sonaba cada vez más intenso y ambos cerca, el uno del otro. Malena tomó el rostro de Slalik con un delicioso y elegantísimo gesto de manos y brazos. Acarició la fina barba oscura y se perdió en los ojos azules del ruso. Slalik cerró los ojos y condujo sensualmente a Malena por la pista lenta y cadenciosamente. Abrió sus labios y permitió que su aliento recorriera el cuello de la panameña mientras creaban una hermosa figura en donde la espalda de Malena hizo alarde de una femenina y singular flexibilidad mientras que el ruso hacía gala de toda su técnica. Pero la belleza era lo de menos en aquel momento. Y es que se podía cortar de un tajo el aire que ambos respiraban. Denso, intenso, cargado de feromonas, lleno de claras invitaciones, pero también de elegantes y apropiados rechazos. Todo aquello tan propio de la rumba, tan latino en su calor y expresividad, pero tan europeo en su elegancia.
Los últimos compases, los últimos instantes, todo para culminar en intenso abrazo en donde los labios de los bailarines se encontraron tan cerca que bien se podrían haber recocido cada uno de los zurcos y el sabor de besos añejos.
Dos miradas se cruzaron fijamente y mientras Slalik veía aquellos ojos oscuros llenos de erotismo, una frase escapó de los labios de Malena, "Hazme el amor ahora mismo". Slalik le vio, rió sinceramente, le dio un beso cerca de los labios y dijo a su oído "Bien sabes que al igual que tú bonita, a mi también me gustan los hombres." Hizo con ella una hermosa pirueta, luego una elegante reverencia y rio de nuevo para besar su mano.
Caminó lentamente hacia un galante moreno que esperaba al lado del reproductor y le besó en los labios.
Malena observó aquello, rió para si misma complacida y arregló su cabello, esperando la nueva ronda de ensayo.
En el alma solo tengo soledad
Y si ya no puedo verte
Porque Dios me hizo quererte
Para hacerme sufrir más…"
La Historia de Un Amor de Carlos Eleta Almaran
Caía la tarde lánguidamente. Al igual que caía la lluvia y resbalaba por los grandes ventanales del estudio. Las calles empezaban a poblarse de todos aquellos que por distintos motivos salían de esos distintos lugares en donde habían habitado, se habían quejado, o habían disfrutado todo un día, para transitar a otros ambientes en donde habitarían el resto de la noche. El movimiento era constante y atareado, como si la prisa fuese el único factor común que todos aquellos seres vivos compartieran, además de los paraguas y alguno que otro abrigo.
Pero dentro del estudio, todo era diferente.
Mientras que esas primeras lluvias de primavera refrescaban el intenso calor de las calles de la vibrante ciudad de Panamá, el estudio se había caldeado por la luz del sol y permitía un ambiente húmedo, un tanto denso, pero extrañamente acogedor. Al menos para ellos dos.
En el espejo, una figura alta y estilizada, enfundada en un pantalón negro ajustado y una sencilla camisa blanca con las mangas abiertas y el cabello largo y negro cuidadosamente peinado hacia atrás con gomina calentaba en la barra con cadenciosos movimientos al compás de una música que solamente sonaba en su cabeza y que movía lentamente sus músculos y sus huesos. Clavó su intensa mirada azul en el espejo y pudo notar como aquella otra figura danzaba como si estuviese sola, o como si disfrutara en creer que nadie la veía. Aunque Slalik sabía claramente que era solo una de esas artimañas de mujer latina para atraer la atención del hombre al que se desea.
Del otro lado, una figura felina y sensual. Descaradamente femenina e intensamente vital. Cubierta por un simple vestido de práctica blanco, pero que en aquella deliciosa y satinada piel bronceada por años por el sol de las playas del sur, la hacía lucir imponente. Altísimos tacones y el cabello recogido en una sencilla coleta, sin joyería alguna pero con un maquillaje que no hacía más que acentuar sus deliciosas facciones. Ella era "un tronco de mujer" como alguna vez le había dicho uno de sus alumnos venezolanos y más aún cuando descaradamente calentaba no frente a los espejos sino frente a la barra colocada en la ventana para que cada transeúnte pudiese observar como su belleza fatalmente animal podía seducir a cualquiera que la viese por más de cinco segundos. Ella bailaba suavemente, preparándose, pero sobre todo, haciéndole saber al guapo ruso que ensayaba frente a los espejos que esta noche serían solo ellos dos y que ella claramente pedía su atención.
Una mujer en la plenitud de su femineidad, con el cadencioso sabor de las especies del caribe en sus venas y el natural ritmo de las latinas nacidas bajo un sol de verano se giraba lentamente para caminar hacia el centro del estudio, totalmente preparada para conquistar, para tomar y no dejar huír. Como siempre lo hacía con cada una de las presas a las cuales atraía con su encanto.
Slalik vio claramente aquella abierta invitación al cortejo. Arregló el cuello de su camisa, quitó un botón más para mostrar su pecho y rió sin dejar de ver al espejo. Caminó lentamente hacia el reproductor, escogió una pista y camino hacia Malena.
Un hombre guapísimo, pensó ella mientras observaba aquella elegante y abierta postura en donde los brazos la invitaban a lanzarse en un abrazo o a retarlo a alejarse solo para mantener el juego que claramente se iniciaría cuando los primeros compases de aquel bolero sonaran. Y de hecho así fue. Lentamente aquel viejo bolero, interpretado por una mujer llenó el salón y la mirada de Slalik se clavó en los sensuales y desafiantes movimientos de aquella mujer a quien las palabras no podrían describir como hermosa pues poca justicia le harían. La lenta cadencia de los compases de aquel delicioso bolero guiaban claramente los movimientos en los que el ruso se presentaba como una exótica mezcla entre galán príncipe de cuento de hadas y ladrón taimado de relato erótico. Ágil y decadente la invitaba a seducirle. Y fue así como Malena continuaba con su cometido, el de hacer que aquel hombre la deseara hasta más no poder.
Pocos compases habían sonado y fue cuando aquel hombre la tomó delicadamente para iniciar una serie de elaborados y complejos giros a los cuales ella se subyugó sin oponer ningún tipo de resistencia. La tomó delicadamente por una de sus manos y la guió hacia una serie de pasos que mezclaban una insinuante caminata y suficientes giros de cadera, capaces de despertar el deseo en el más santo de los monjes de clausura o de hacer vibrar de deseo a cualquier aspirante a hermana de la caridad. Con elegantes, lánguidos y decididos movimientos de manos y brazos, Malena acariciaba su piel, las curvas insinuantes de sus senos y el talle de su cintura mientras que aquella abundante y rizada cabellera negra enarbolaba sensuales ondas que giraban al viento o caían delicada y sensualmente sobre su espalda desnuda. Slalik giraba tras ella tomando los brazos de Malena y levantándolos suavemente para dejar al descubierto un torso insinuante mientras que su aliento y su nariz recorrían lentamente el cuello de aquella portentosa panameña. Ella no hacía más que contonearse, cerrar los ojos y dejarse guiar por los deseos del ruso.
Aquella rumba era una clara invitación al deseo, un constante preludio al conocimiento carnal entre dos amantes que jugaban a acercarse y alejarse. Malena giraba sus caderas lentamente a partir de un centro en donde se conjugaba el deseo y la elegancia mientras que Slalik cerraba los ojos y la tomaba por el vientre para luego contonearla a partir de su cintura. Ambos cerraban los ojos y podían sentir el aroma animal que despedían, ese mismo que parecía haber sido incitado por aquella lluvia de mayo. Esa misma que como decían las abuelas, no hacía más que alborotar el calor. Incluso dentro de un estudio de baile al caer la tarde.
Elegantes y largos pasos, complicados giros y decadentes mezclas que se alternaban entre rápidos y deseosos movimientos, con sutiles y sensuales pasos lánguidos entre ambos bailarines. Se alejaban para retarse el uno al otro. Él mostraba una técnica depuradísima, con elegantes, masculinos y complejos pasos de baile, al más puro estilo europeo. Ese que sin dudarlo había ganado incontables premios en las capitales de la danza y había hecho que millones de varones lo envidiaran y mujeres lo desearan. Ella mostraba al contrario un estilo mucho más natural, descaradamente sensual e incitante. Un estilo con el cual solo se puede nacer, uno que no se puede fabricar aunque así se quisiese. Ella se insinuaba tan claramente que se debía ser ciego o ser alemán como uno el párroco de su iglesia decía, para no darse cuenta de la imperante sensualidad de Malena. Sus largas piernas creaban hermosos juegos y piruetas en el aire mientras que en el suelo pareciera que se deslizaba como si no existiese más que una fricción imaginaria y aquel fuese ese espacio ideal en donde todo podía suceder. Y es que todo era posible en aquel juego de seducción entre un hombre y una mujer. Porque este no era un juego de cacería, ni un subyugante juego de poderes. Eran dos seres apasionados seduciéndose el uno al otro al compás de un sensual bolero.
Los acordes de las guitarras que melódicamente invitaban a cerrar los ojos y dejarse llevar por su hechizo, el delicioso ritmo de unas maracas y claves marcaban un sensual ritmo en el que tanto las caderas como los hombros se movían para crear maravillas circulares que no hacían más que ser los puntos clave para aquel hermoso ritual de cortejo. La voz de una mujer que languidecía y se lamentaba tan sensualmente que el dolor parecía más poético que nunca. Esa era la magia del bolero. Ese mismo que hacía que Malena y Slalik se entregaran sin reservas el uno al otro en tan íntimo momento, tan a la vista de todos. Pero era la misma lluvia la que hacía que la concurrida calle panameña fuese el escondite a la vista de todos, pues todos se preocupaban de no mojarse con la lluvia mientras que dos bailarines estaban intensamente húmedos adentro de un local. De nuevo a la vista de todos.
El bolero sonaba cada vez más intenso y ambos cerca, el uno del otro. Malena tomó el rostro de Slalik con un delicioso y elegantísimo gesto de manos y brazos. Acarició la fina barba oscura y se perdió en los ojos azules del ruso. Slalik cerró los ojos y condujo sensualmente a Malena por la pista lenta y cadenciosamente. Abrió sus labios y permitió que su aliento recorriera el cuello de la panameña mientras creaban una hermosa figura en donde la espalda de Malena hizo alarde de una femenina y singular flexibilidad mientras que el ruso hacía gala de toda su técnica. Pero la belleza era lo de menos en aquel momento. Y es que se podía cortar de un tajo el aire que ambos respiraban. Denso, intenso, cargado de feromonas, lleno de claras invitaciones, pero también de elegantes y apropiados rechazos. Todo aquello tan propio de la rumba, tan latino en su calor y expresividad, pero tan europeo en su elegancia.
Los últimos compases, los últimos instantes, todo para culminar en intenso abrazo en donde los labios de los bailarines se encontraron tan cerca que bien se podrían haber recocido cada uno de los zurcos y el sabor de besos añejos.
Dos miradas se cruzaron fijamente y mientras Slalik veía aquellos ojos oscuros llenos de erotismo, una frase escapó de los labios de Malena, "Hazme el amor ahora mismo". Slalik le vio, rió sinceramente, le dio un beso cerca de los labios y dijo a su oído "Bien sabes que al igual que tú bonita, a mi también me gustan los hombres." Hizo con ella una hermosa pirueta, luego una elegante reverencia y rio de nuevo para besar su mano.
Caminó lentamente hacia un galante moreno que esperaba al lado del reproductor y le besó en los labios.
Malena observó aquello, rió para si misma complacida y arregló su cabello, esperando la nueva ronda de ensayo.
domingo, 20 de marzo de 2011
Grain-Banana Powerbars
De nuevo regreso a mi horno tostador, ese mismo que está haciendo maravillas con mis procesos de horneado y me hace experimentar con deliciosas nuevas ideas.
Esta vez encontré la manera de preparar deliciosas “barritas energéticas” a partir de una rica mezcla de granos y semillas, banano y unos cuantos lácteos. Eso sí, no duran mucho fuera del refrigerador pero eso no es problema puesto que se pueden preparar facilísimo y con ingredientes que siempre están a la mano. Mi receta pide granos sueltos pero en su defecto se puede utilizar sin ningún problema una bolsa de granola natural. Si se prefiere y se realizan en mayor cantidad puede ser un delicioso postre acompañado de tu helado favorito.
Ingredientes:
¼ de taza de maní
¼ de taza de nuez de nogal
¼ de taza de almendras rodajeadas
¼ de taza de nuez de Brasil
¼ de taza de avena en hojuelas
¾ de taza de leche
2 bananos grandes y maduros
¾ de taza de queso crema
1 cucharada de esencia de vainilla
1 cucharada de esencia de almendra
1 cucharadita de canela en polvo
¼ de cucharadita de nuez moscada
4 cucharadas de azúcar moreno (o cinco de edulcorante si lo quieres hacer libre de azúcares adicionales)
Procedimiento:
1. Picar finamente todas las nueces y mezclar con las hojuelas de avena, trata de crear una mezcla muy fina. Reservar. (Si vas a utilizar granola, es el momento de machacarla bien para dejarla lo más fino posible)
2. Machacar los bananos hasta lograr una consistencia de puré, mezclar con el queso crema, el azúcar o edulcorante, la canela, la nuez moscada y las esencias. Mezclar con las nueces e hidratar con la leche despacio. Se debe obtener una consistencia pesada y fuerte pero moldeable, nada dura.
3. Engrasar una fuente para horno y verter el contenido. Cortar rodajas de banano y colocar como adorno adicional. Espolvorear nuez moscada y canela en polvo.
4. Hornear aproximadamente unos 20 minutos en el tostador. Si vas a utilizar un horno normal, será el mismo tiempo pero en 200 grados.
5. Cuando esté frío y macizo, cortar en tiras gruesas que se pueden empacar perfectamente en aluminio y llevar a cualquier lugar. Se pueden almacenar hasta 3 días en el refrigerador.
Un postre delicioso que simplemente te mantendrá con energía y en donde no se sacrifica para nada el sabor y el antojo de algo dulce a media mañana o media tarde.
Como siempre te deseo increíbles experiencias de vida y deliciosos sabores en su cocina.
Namasté
Etiquetas:
banano,
postres,
postres sin azúcar
Minueto de Mango
El verano se acerca, o al menos para nosotros en los trópicos nos acercamos a la temporada más calurosa del año. Esto implica que muchos de los más deliciosos productos de la tierra nos volverán a llenar con su magia, color y sabor. Y mi cocina está más que lista para recibirlos.
Dado a mi creciente interés en la cocina vegetariana (sobre todo por mi búsqueda de conciencia clara en yoga) desarrollé esta deliciosa ensalada que es por demás refrescante y enteramente deliciosa, totalmente vegan (no contiene ningún producto de origen animal). Pero sobre todo me encanta la forma en la que todos los ingredientes se mezclan para dar un sabor sorprendentemente suave y agradable al paladar.
Ingredientes:
½ taza de lechuga rallada
½ taza de espinaca rallada
1 zanahoria grande rallada (cruda)
1 mango dulce y maduro (entre más dulce y maduro mejor)
½ cebolla mediana
1 diente de ajo
2 cucharaditas de vino blanco (dulce de preferencia)
2 cucharadas de jugo de limón (más o menos dos limones pequeños)
1/8 de cucharadita de orégano
1 cucharada de aceite de oliva extra virgen
Sal
Pimienta
Procedimiento:
1. Mezclar en un tazón grande la lechuga, la espinaca y la zanahoria rallada.
2. Cortar en cubos medianos los mangos e incorporar a la mezcla de vegetales. Trata de que sea una mezcla homogénea. Reservar unos 20 minutos en el refrigerador para que esté frío al momento de servir.
3. Picar finamente la cebolla y rallar el ajo, mezclar con el jugo de limón, el vino blanco, el aceite de oliva, el orégano, la sal y la pimienta.
4. Al momento de servir, verter la citroneta sobre la ensalada y decorar con nueces frescas que bien podrían ser nueces de nogal, maní o incluso almendras rodajadas.
Cada vez me convenzo más de que la cocina vegetariana es toda una aventura de sabores y colores y sobre todo de infinitas posibilidades.
Como siempre les deseo increíbles experiencias gastronómicas en su cocina y mejores experiencias de vida.
Namasté.
Etiquetas:
cocina vegetariana,
ensalada,
mango,
vegetales
Jardín de Primavera
Después de que el frío del invierno se aleja y el eje terrestre se acerca cada vez más a la órbita solar, muchos de los más deliciosos productos de la tierra nos muestran sus bondades y sorprendentes sabores, sobre todo los vegetales que se nos acercan durante la primavera.
Esta vez decidí aventurarme en una deliciosa ensalada que además de simple, mezcla todos los sabores de las hierbas más frescas sobre dos elementos clásicos de una ensalada de sábado al medio día, tomate y lechuga, pero esta vez la citroneta y las hierbas cambiarán por completo el sabor de este plato.
Ingredientes:
1 ½ taza de lechuga rallada
2 tomates roma
2 cucharadas de romero fresco (más o menos un tallo largo)
2 cucharadas de hojas de albahaca fresca
3 hojas de orégano fresco
½ cucharadita de tomillo fresco
½ cebolla
1 aguacate maduro
½ cucharadita de miel
3 cucharadas de jugo de limón
1 cucharadita de ralladura de limón
2 cucharadas de aceite de oliva extra virgen
Sal
Pimienta
1. Picar finamente la albahaca, el romero, el orégano. Picar los tomates en cubos medianos. Cortar los aguacates y cortar en cubos medianos. Cortar la cebolla por la mitad y rebanar en medias lunas. Mezclar todos los elementos con la lechuga rallada. Reservar 15 minutos en el refrigerador.
2. Picar el tomillo finamente y mezclar con la miel, el jugo y la ralladura de limón, el aceite de oliva, la sal y la pimienta hasta lograr una mezcla homogénea.
3. Verter la citroneta sobre la ensalada y servir inmediatamente.
Un plato refrescante y lleno de todos los sabores de la primavera. Para aquellos aventureros, agregaría semillas de girasol y porqué no algunos de sus pétalos para darle aún más colorido y sabor.
Como siempre les deseo increíbles experiencias en su cocina y mejores experiencias de vida.
Namaste.
Etiquetas:
cocina vegetariana,
ensalada,
vegetales
domingo, 30 de enero de 2011
Quick Recipe: Baked Banana Bliss.
Ya sea como un sugestivo y diferente postre, como un aperitivo en una fiesta informal o como una interesante guarnición, estas lascas de banano aderezadas en el horno saben simplemente deliciosas. Deliciosas, versátiles y prácticas, estas delicias se preparan en menos de 12 minutos y con muy pocos ingredientes.
Receta básica.
Ingredientes:
6 - 8 bananos grandes maduros cortados en lascas gruesas y largas
C.S. de jengibre en polvo
C.S. de canela en polvo
Procedimiento:
Colocar las lascas de banano en una lata para horno, espolvorear canela y jengibre suficiente y hornear por espacio de 12 minutos.
Dependiendo de la ocasión o el tipo de plato que se hará yo varío la receta asi:
1. Como postre, agrego edulcorante y un poquito de nuez moscada. Las sirvo acompañadas de una salsa de yogurt y fruta. Los he servido también con una salsa que mezcla dos partes de leche condensada por media de kalhua y ha sido también un éxito.
2. Como guarnición para algún ave, suelo agregar perejil en polvo y un poco de sal con ajo en polvo.
3. Como aperitivo, suelo cortar las lascas más delgadas y las remojo al menos unos 5 minutos en vino tinto. Agrego algo de pimentón español y las sirvo en palillos.
Una receta versatil y práctica, sumamente deliciosa en cualquiera de sus versiones.
Como siempre les deseo deliciosos sabores y aromas en su cocina e increibles experiencias de vida.
Namasté
Banana-Cheese and Oat Pie: decandente postre libre de azúcar listo en 15 minutos.
Es fastidioso esto de no poder consumir los dulces que algún momento consumía. Claro que esto ha contribuido a que logre bajar de peso y que mis niveles de azúcar se puedan controlar. Pero las ganas de comida dulce no disminuyen, se pueden controlar pero esos antojos de algo dulce siempre existen.
Y por ello yo me decidí a crear postres que puedan ser sustituidos por otros elementos que permitan que podamos consumir esos dulces bocados. Este postre debe ser consumido con mucho cuidado puesto que a pesar de no contener azúcar esta hecho a base de banano, una fruta cuyo índice calórico y contenido de azúcares es alto, pero puede muy bien ser uno de esos decadentes antojos que se preparan en menos de 15 minutos (incluyendo el tiempo de horneado).
Ingredientes (para dos personas)
4 bananos medianos y maduros bien machacados, esto hará mas o menos de ½ a 2/3 de taza.
6 cucharadas de avena
1/3 de taza de cereal de arroz molido.
3 onzas de queso crema ligero
1/3 de taza de leche descremada
6 sobrecitos de edulcorante o 5 cucharadas de azúcar moreno
½ cucharadita de canela en polvo
1/8 de cucharadita de nuez moscada
1 cucharadita de esencia de vainilla
1 cucharadita de esencia de almendra
Procedimiento:
1. Mezclar en un tazón el cereal de arroz, las hojuelas de avena, la leche, las esencias de almendra y vainilla y dos sobrecitos de edulcorante (o cucharada y media de azúcar moreno). Mezclar hasta obtener un producto homogéneo. Probablemente quedará como una avena de desayuno muy espesa, esa es la idea.
2. En otro tazón mezclar los bananos bien machacados, el queso crema, la canela, la nuez moscada y los otros cuatro sobrecitos de edulcorante (o 3 cucharadas de azúcar moreno).
3. Engrasar el molde y verter la mezcla de avena creando una especie de base de tarta. Verter sobre esta la mezcla de banano y queso crema. Introducir al horno por 10 minutos a fuego bajo, 200 o 300 grados Farenheit quedan bien, yo lo hago incluso en un horno tostador por 10 minutos.
4. Al estar listo, servir caliente acompañado de una bola de yogurt congelado saborizado con frutas de la estación (o un helado de vainilla en su defecto).
Esta tarta puede disfrutarse muy bien como un postre sorpresa o como un romántico refrigerio que se prepara en menos tiempo que lo que se tardarían en llevarte un pie de manzana con helado en la mayoría de restaurantes.
Como siempre les deseo increíbles experiencias en su cocina y mejores experiencias de vida.
Namasté.
Etiquetas:
banano,
postres,
postres sin azúcar
Suscribirse a:
Entradas (Atom)