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domingo, 6 de noviembre de 2011

Vos, un recuerdo y un presagio

(a ese ser que está más allá de mi entendimiento y mi razón, a ese alguien que espera por mí como yo espero por su ser)



Te fabricó un instante en donde la esperanza floreció tímida
Te elevaste en medio de un cúmulo de sueños
Esos que a pesar de la decadencia y el desespero
Se confabularon para darte vida en mi memoria.

Hilvanaste con deseos, con versos vetustos, con un suspiro lejano
Los retazos de momentos perdidos en el tiempo
Esos en donde me esperaba un futuro esperanzado
Y los convertiste en un único instante inmaculado
Frágil
Distante
Perfecto
Ese en donde vos anidás esperando que el mundo cambie
De la misma manera que cambiamos vos y yo en cada despertar

Te espero, aún en la ventana
Espero ver tus alas cobijándome
Espero que me desnudés de miedos y me abrás los ojos a tu radiante ser
Y se de tus ansias por abrir las alas
Por comerte el mundo
Y ascender en espiral

Se que cada noche contemplás esa misma constelación imaginaria
Se que te consolás con las caricias de la misma madre que me consuela
Se que lees los mismos versos en las mismas nubes
Se que cada domingo ves a través de la ventana esperando una respuesta silente

Se que esperás por mi, como yo espero por vos
Paciente y con una vela en las manos
Una que lleva nuestros nombres en la llama
Y que se alimenta de infinitas esperanzas.

Cada Veinticuatro Horas.

No te recuerdo de vidas anteriores
y no tengo idea alguna si te veré en las proyecciones futuras
esas que hago en mis sueños
no se quien sos y no sabes ni siquiera mi nombre completo
no te recuerdo de fabricaciones previas
y tampoco sos producto de deseos incumplidos
no tengo idea de que esperás cuando desesperás
no se si te exhasperan mis silencios
o si te aturden mis contundentes esdrújulas, esas que plagan mis versos...

Te tengo presente hoy
no te recuerdo de anoche, no se si existirás mañana
hoy, constante, consciente y consecuente
te veo hoy
te siento hoy
te vivo hoy


No me pidás adverbios temporales porque sabés que ni vos ni yo creemos en ellos
no me pidás milagros inalcanzables porque sabés que esos se gestan en la piel
no esperemos, no confiemos, no exijamos
dejemos libremente que lo que deba ser sea
que lo que se selle en un beso nos desarme de expectativas
y lo que se rompa en un abrazo
se construya en proximidad entre tu realidad y la mia



Nuestro ayer se quedó en las huellas que no he de recorrer de nuevo
el mañana, de ese no tenemos ideas más que lo que se supone o se espera
por hoy y solo por hoy
como programa de desintoxicación emocional
por hoy y solo por hoy
recordemos quienes somos
esos que se entregan en las sábanas
y caminan lado al lado fuera de ellas

hoy sos vos y soy yo
sin pasado, sin futuro, sin complejas expectativas
hoy somos nosotros...

Choregraphie; Ballet

“She moves like water over England
and carves her footprints in the earth.
She feels like wind to a sailor
a like a candle on the heart.
She sounds like poetry to a blind man
step, step, stepping from the pages of a book…”
“Elemental” Deep Forest

Primera Posición

Los espejos, la barra, el piano; todos eran instrumentos de tortura. Todos eran artefactos de suplicio bajo pretexto de concebir belleza. Belleza sublimada, etérea, compleja, plena de sangre y lágrimas, plena de mártires y verdugos. El ballet siempre significó para Natalia una perfecta relación sadomasoquista en donde los bailarines se convertían en los obedientes esclavos que se complacían en realizar los deseos de sus todopoderosos maestros-amos. Pero ella lo amaba. Amaba el poder con el que era conducida a través de movimientos que desafiaban la gravedad y la sinuosidad de líneas; deseaba ser seducida por cada nota emanada del piano y que Monsieur de Ronsard tomara sus miembros para corregir la posición que a juicio del perfeccionista francés, nunca estaba de acuerdo con la excelencia. Natalia deseaba ser una obediente esclava y complacer a su amo mientras ella se complacía a si misma.

Porque allí radicaba la diferencia. Natalia giraba en espiral, saltaba, se colocaba de puntas y manipulaba su cuerpo bajo las órdenes de Maurice, pero se complacía a si misma en el oscuro arte de saberse libre de obedecer o no.

No existía pieza completa sin el consentimiento de Natalia. Maurice de Ronsard podría ser el genio mas grande que existiera sobre la faz de la tierra, pero ninguna de sus piezas vería la luz si Natalia no las paría en el escenario. Ese era su contrato. Firmado con el silencioso orgullo de Maurice al ver que su “cisne” se contorsionaba o se expandía para poder crear los pasos que su ingenio diseñaba; y con las maldiciones proferidas por Natalia cada vez que los errores “distorsionaban la impecable perfección del movimiento”. Ese “contrato consensual” era aseverado cada día que la bailarina ucraniana entraba en el estudio, se colocaba la sumisión por vestido de ensayo, se untaba sensualidad en la piel e se irradiaba ella misma con el orgullo que le nacía de los ojos. El piano y el bastón acompañaban a Maurice en su rol de implacable amo, atiborrado de arrogancia y desafío, cumpliendo su “sagrado deber con la danza”.

Antes de que su pequeño reloj austriaco marcase las siete en punto de la mañana, Natalia ya estaba dispuesta a ser manipulada con la poesía del movimiento concebida por el ingenio de Maurice.

Aquel ritual era un perfecto juego de ajedrez en donde cada uno de los contendientes conocía su posición en el tablero. El amo-maestro debía colocarse en su trono tras el piano como rey estratega, omnisciente y omnipotente y la bailarina-esclava debía posicionarse a su lado, en su rol de soberana con el tablero libre para danzar en poder; tomar y ganar. Natalia se colocaba en la barra y ejercitaba su ser para ser expuesta al martirio de engendrar belleza, al dolor que profiere la poesía cuando gesta maravillas.

Natalia debía esperar como estatua de mármol en su primera posición a los designios de Maurice, en aquel estudio en el centro de Barcelona.


Segunda Posición

Ni en sus años como uno de los mejores bailarines de Paris y Moscú, Maurice temió a nada. El escenario era suyo, como suyos eran todos los ojos y aplausos que le entregaban. Suyo era el mundo, suya la música, suyas cada una de las hermosas “ballerines” que compartieron no solo la belleza del movimiento en su poética versión vertical, sino en la carnal versión horizontal. Pero ahora temía. Temía a la libertad, temía a la persistente postura de reto que Natalia provocaba. Maurice era considerado como un águila en cacería cada vez que bailaba. Pero Natalia era distinta, ella trascendía la materia para asentarse en el mito. Natalia conjugaba la delicadeza de las hadas y la magia de los ángeles. Y era precisamente eso lo que Maurice no soportaba, el reto de la perfección, el reto de ser sublime sin crear.

- “Mademoiselle Volkova, ¿Que tu se folie?” gritó Maurice exaltado desde su piano incorporándose tras tomar su bastón.
- “Excuse moi, Monsieur de Ronsard” pidió Natalia en tono suplicante mientras el suelo era el único lugar al que se podría aferrar para evitar la recriminante mirada de Maurice.
- “Su francés es pésimo” aseveró Maurice mientras la rodeaba a la vista de los demás bailarines, “y puedo notar que su danza esta siguiendo el mismo camino que su francés.”
- “Pero Monsieur de Ronsard, debía girar muy rápido y Sergèi no pudo sostenerme.” declaró la joven al momento de incorporarse.
- “Nunca culpe a otro de su incompetencia, a menos que desee reincorporarse a los coros.” amenazó con aquel delicioso acento, ese que acariciaba los sentidos.
- “¡Toque!” fue la arrogante respuesta de Natalia mientras regresaba a la posición inicial.

Maurice tomó entonces el violonchelo y ella a diez metros de él amenazándole con todo el poder de su libertad y su feminidad. Natalia era un halcón de caza de algún legendario reino feérico mientras se colocaba en la segunda posición.

Tercera Posición

Imponente, arrogante y soberana danzaba Natalia guiada por la seductora y melancólica armonía del violonchelo, hasta que Maurice suspendió su interpretación súbitamente para rasgar un trozo de su camisa.

- “Sergèi, siéntate”
- “Excuse moi monsieur “ respondió el bailarín ruso.
- “A tu lugar” agregó Maurice en tono despectivo, tomando el trozo de tela entre sus manos.
- “Natalia, ven acá” gritó mientras todos atendían a la voz de Maurice.
- “M. Ronsard” dijo Natalia atacándole con la mirada.
- “Debes aprender a sentir la música, dejar de ver en el espejo tu vanidad y convertirte en una con la danza. Puedes ser la prima balerina de esta compañía, pero no me interesa una bailarina sin alma. Aprenderás a bailar con el alma y no con los ojos” decía Maurice mientras vendaba los ojos de Natalia con el trozo de su camisa.
- “M. Ronsard, no se si podré” argumentaba Natalia tratando de aflojar su vendaje.
- “Yo te guiaré, Tercera Posición” ordenó Maurice tomando con fuerza sus muñecas y dando la orden de iniciar a su pianista.

Natalia podía sentir el pulso en sus muñecas debido a la presión que ejercían las manos de Maurice, podía sentir como su sangre era bombeada con una fuerza mayor a la acostumbrada y como la adrenalina se apoderaba de su delicado cuerpo. Sí, de nuevo era la complaciente esclava a merced de su implacable señor; sí, Maurice era de nuevo el poderoso amo del destino de Natalia. Era él quien decidía sobre lo que se podía o no hacer; sobre lo que se podía o no disfrutar, sobre lo que se podía o no mover. Era él quien poseía el control.

La música sonaba lentamente y era Maurice quien guiaba los pasos de la ahora ciega Natalia. El maestro era quien susurraba los pasos que ella debía ejecutar. Natalia se abandonaba lentamente a los deseos de Maurice. Complacía lentamente los caprichos de su amo cual obediente juguete de piel. Natalia realizaba cada movimiento con una obediencia casi servil, casi absurda. Natalia regresaba el poder de nuevo al amo y se olvidaba de su propia conciencia. Ella concedía toda su fuerza no en resistirse a ser dominada sino en complacer los mandatos de aquel que la guiaba. Aquel contrato se cumplía y ella regresaba a su parte pasiva en la que debía aceptar los dolorosos castigos que la mente de su maestro debía crear. Crear... para ambos engendrar magia, engendrar movimiento... arte.

Todos les veían atónitos. Observaban como la obediencia de Natalia creaba maravillosas formas concebidas en la mente de Maurice. Ambos se penetraban en la psique del otro. Natalia confiaba plenamente en las intenciones de su amo y se abandonaba a la ceguera de vanidad. Se abandonaba a los ojos de su señor.

Al terminar la pieza ambos finalizaron colocándose en tercera posición, esa que demuestra la gracia de la sumisión y el infinito placer de la espera. El lugar se abarrotó de aplausos para los danzantes. Maurice retiró el trozo de tela de los ojos de Natalia y ordenó a todos regresar a sus posiciones.

- “¿Entiendes ahora lo que espero de ti?” fue la tosca pregunta que emanó de la boca de Maurice mientras este caminaba hacia su asiento.
- “Oui Monsieur” dijo Natalia con los ojos en el suelo y la mente maquinando su dulce venganza.


Cuarta Posición

El sol se ocultaba lentamente y Maurice se encargaba de apagar cada luz dentro del estudio. Se sentó en su silla favorita y tomó su viejo violonchelo decidido a tocar. De pronto unos pasos invadieron el desierto estudio. Eran pasos lentos y firmes. Eran pasos teatrales, pasos de alguien que conoce el poder del movimiento, el poder del misterio, el poder que genera el colocar un pie delante del otro y crear sonido. Era una figura delgada y simétrica, hermosa entre las sombras; lanzó un trozo de tela negra a los pies de Maurice, el cuál tomó rápidamente.

- “Ahora es tu turno” dijo la melódica voz de Natalia mientras encendía la luz.
- “¿No tendría que estar en casa Mademoiselle Volkova?” preguntó Maurice retándola con la mirada.
- “¡Póntelo!” ordenó Natalia mientas caminaba lentamente hacia el centro del estudio.
- “¿Dónde esta la gracia de todo este juego Natalia?”
- “Es mi turno de verte sufrir”
- “Y ¿Cómo pretendes lograrlo?” preguntó Maurice sarcásticamente.
- “Bailando como nunca lo he hecho, logrando el mejor de todos mis actos, forzándome a complacerte en todos y cada uno de tus caprichos. Siendo lo que siempre has esperado de mi y desgarrarme cada tendón del cuerpo si es necesario con tal de lograr que los pasos que concibes vean la luz con la exactitud que tú los deseas. Obligando a mi memoria a recordar la sádica forma en la que me sometes a tu voluntad para crear arte y mostrar la mejor actuación de mi vida. Eso si, tú... con los ojos vendados.”
- “¿Y quién me asegura que lo harás de esa manera?” preguntó Maurice con una sarcástica carcajada “¿Cómo sabré si no estas haciendo lo que te plazca y me engañas pretendiendo hacer lo que yo espero?”
- “Eso es parte del ritual, puedes creer o no... Pero ¿Tan poco confías en tu habilidad como instructor? ¿Tan mal maestro eres que ni siquiera tu prima balerina puede aprender algo de ti?” aseveraba Natalia al momento de colocarse en cuarta posición y lanzar aquellas preguntas como flechas élficas cargadas del mas ponzoñoso veneno.

Maurice recibió el dolor donde más causaba daño, en su orgullo. Él debía reconocerlo, aquella mujer poseía el talento de crear arte, pero también poseía el talento de destruir con la sutileza de la ironía y el sarcasmo. Poseía en su sonrisa el placer del dolor. No supo resistirse al desafío de vencer a la mejor de sus enemigos, a su bella esclava. Colocó su instrumento y el arco en el suelo, rasgó la tela en dos y se decidió a reproducir una cinta en el estéreo. Natalia no alcanzaba a entender todo el teatro creado por Maurice hasta que este la tomó por la cintura y vendó sus ojos de nuevo.

- “Sufriremos juntos si eso es lo que quieres.” susurró a su oído.





Quinta Posición.

El viento frío de la noche se colaba por las ventanas mientras los danzantes creaban sutiles tejidos con su corriente. Los conciertos de Haydn para violonchelo sublimaban los complejos movimientos que Natalia y Maurice creaban basados en su memoria y su talento. Líneas complejas y poderosos giros contrastaban con la ternura del abrazo y la caricia que de cuando en cuando se propiciaban el uno al otro en los momentos de paz en los que el estéreo sonaba mas lento y calmado. Danzaban a cuatro sentidos y a punta de memoria, ambos se deslizaban por el piso de parqué descalzos y sublimando el poder del tacto, ese que los guiaba en solitario y se les olvidaba al momento de atraerse con el olfato y narcotizarse con el aroma de su pieles exudando su esencia, esa que los obligaba a crear elevados movimientos con sus cuerpos unidos.

El sonido de los violonchelo de Haydn estimulaba sus oídos para escuchar los pasos de los pies descalzos del otro y acompasarse en su danza, en su unión. La música descendía en su intensidad y su ritmo y ambos se abrazaban para sentir la ciega presencia del otro, ambos recorrían los intricados caminos de piel y músculos del cuerpo de su compañero para reconocer al autor de su éxtasis, al artífice de su sublimación. Pero el último de los sentidos necesitaba estimularse, ese que lo logró reconociendo el sabor de los labios del otro al sellarse en un beso, uno de esos que son como los placeres más intensos; satisfacen, pero no demasiado, siempre dejan el deseo de más.

- “¿Es esta tu venganza Natalia?” preguntó al oído Maurice “¿Es esta tu sádica manera de provocarme dolor y necesidad de ti?”
- “No Maurice” silenció Natalia sellando sus labios con los suyos propios y extrayendo de aquel hombre toda su esencia, todo su poder, toda su necesidad.
- “¿Dónde esta tu sadismo entonces mujer?” preguntó de nuevo tras respirar profundamente y retirarse la venda de los ojos.
- “Esta en encender, quemar y dejar arder” confesó Natalia retirándose la venda.
- “No logro comprenderte” añadió Maurice con una amplia sonrisa en los labios.
- “Lo entenderás esta noche... en tu soledad...” dijo Natalia para luego darle un beso en la frente y caminar hacia la puerta del estudio, en donde se colocó los zapatos y le vio de nuevo para finalizar con un doloroso comentario “Hasta mañana M. Ronsard, espero le haya complacido mi danza” dijo antes de retirarse y dejar a Maurice abrazando el frío de la noche.

Choregraphie: Tango

Ella, enfundada en aquel vestido púrpura que divagaba sutil y radiante entre lo vulgar y lo elegante, el cabello castaño largo y suntuoso recogido en un sofisticado mono francés; maquillaje discreto que acentuaba sus facciones de muñeca de porcelana (de esas mismas que se coleccionaban en las cortes de los zares) y el embriagante aroma de un costoso perfume de una reconocida casa italiana.

Ella, y una milonga plagada de todos aquellos a quienes los bandoneones y la melancolía les hacían recordar el temblor de un paso, la pasión de un baile que igualmente divagaba entre la frontera de elegancia callejera y la melancólica sutileza del brutal Buenos Aires.

Ella y el humo de un cigarrillo. Ella y una copa de Malbec. Ella, el caprichoso y renovado aroma bonaerense hecho una mujer: una que cada día se disponía a labrarse un camino en un mundo de hombres. Ella, astuta y criminalmente sagaz. Ella, la que lidiaba con decisiones y números cada día. Ella, la que enfrenta un mundo en donde no es bienvenida por una diferencia genética. Ella, la respetada y temida, ella la figura pública a quien se le reconocen los meritos que a un hombre se le exigen: joven, inteligente, decidida, audaz y totalmente independiente. Ella, la graduada Cum Laude en una prestigiosa Universidad del extranjero, la de los premios corporativos cuando aun no cumplía los 26, ella la de la portada de la revista económica que leen todos sus competidores (esa misma en donde aparecía mas como modelo de alta costura que como empresaria).

Ella, un nombre simple de mujer, Eva. Ella, la que en las noches como aquella dejaba de ser aquella mujer y se convertía en lo que amaba. Una amante de la sensual tragedia de la canción del arrabal. Porque a pesar de todo ella era una de esas tantas que fueron criadas con lamentos de bandoneón y quejas de sorprendentes interpretes que le cantaban al dolor y al desamor, a la pasión de un encuentro furtiva y prohibido, al deseo y a las lagrimas.

Eva lo sabía y era más que feliz con ello, o quizás con ellos.

Era sábado por la noche y como todos los sábados, ella buscaba las más viejas, las más populacheras y honestas milongas del viejo Buenos Aires. Ella quería dejarse seducir por el tango de verdad. No de aquellos elaborados y elegantes tangos de salón que ganan campeonatos en los programas de televisión nocturna o dominical. Claro que esos eran hermosos, pero no eran reales. Esos eran tangos para artistas, críticos y premios. Ella quería el tango de verdad. El de compadritos y callejeras; el de una vieja pareja bailando la vieja guardia, el de las calles, el de los truhanes que bailaban para no matarse en la calle o en la cama, el de la pasión y el deseo a flor de piel.

El ritual era el mismo todas las noches de sábado. Enfundarse en aquellos hermosos vestidos, como el púrpura de esa noche, calzar los altísimos zapatos de tacón y comerse el mundo en las milongas, que de esas estaba plagado Buenos Aires. Llegaba a una de ellas y el ritual iniciaba siempre igual. Una mesa libre, encender un cigarrillo largo y pedirle al mozo en turno que le sirviera un vino barato, dejarse seducir por el encanto musical que la orquesta tocase y luego escoger a aquellos que serian o que más bien servirían a sus propósitos. Solo los mejores, solo los más talentosos podrían siquiera acercarse. Porque había que admitir que ella era toda una maestro en el arte del desden. Porque a diferencia de todas aquellas que también estaban allí, ella era diferente.

Fue así como desfilaron los mejores ejemplares de la fauna masculina de Buenos Aires con cada uno de los mejores tangos. Así el compadrito de traje a rayas y pinta de galán de esquina bailo con ella al ritmo de "Nocturna" de Plaza, el viejo y elegante dueño de tienda al ritmo de "Lo han visto con otra", el joven conquistador al ritmo de "El Marne" de Aolas. Ella jugo su juego, ella les hizo creer que eran ellos quienes la conducían magistralmente por la pista, cuando era ella quien se lucia y les guiaba a guiarla en aquel ritual urbano de total seducción al ritmo de tangos y milongas.

Eva era la reina no coronada de cada una de aquellas instituciones de la danza a donde asistía. Y era eso precisamente lo que buscaba pero a pesar de ello algo faltaba. Ese perfecto aderezo…

Tomo asiento de Nuevo para disfrutar tranquilamente del humo de un cigarrillo y del intenso sabor de aquel vino barato. Sonaba una grabación de Gardel y algunas parejas bailaban con el sonido melancólico de aquella leyenda. Fue allí donde le vio entrar. Paso firme y sombrero de medio lado, el saco al hombro, sin corbata ni vergüenza, con la arrogancia como acompañante y la masculina presencia de aquellos galanes de esquina que solo las porteñas pueden parir. Era guapo, evidentemente, pero no era su genética lo que le atraía sino aquella presencia y aquel porte divino y sensual, cual deidad erótica extraída de Las Mil y Una Noches.

El camino lentamente y seguro de si mismo hasta una de las mesas. Colgó su saco al mismo estilo que lo haría un torero ejecutando una verónica, apago su cigarrillo en el cenicero y levanto de su asiento a una de las mas hermosas concurrentes del lugar. Le llevo lentamente a la pista y con una mirada y un arrogante movimiento de cabeza inició el baile. Aquella pareja se notaba entre la multitud pero todos y sobre todo Eva sabía que no era a causa de la Hermosa mujer rubia sino de aquel hombre que irradiaba una vulgar elegancia y un rancio aire señorial. Aquella elegancia y sensualidad que conferían al tango que bailaban no podía provenir de otro lugar más que de los deseos más oscuros y de las ansias más carnales. Porque en eso consistía la magia de aquel ritual urbano de seducción, era un cortejo en donde se le confería de las características mas refinadas y elegantes a uno de los deseos mas primitivos del ser humano; y aquel macho argentino era todo un maestro en el arte de reducir la voluntad de sus presas a la nada y manipularlas a su encanto, todo ello aderezado con una altísima carga de feromonas y endorfinas, el aroma a tabaco, colonia barata y un traje impecable (de esos que solo los viejos sastres de viejos barrios pueden confeccionar).

Una suntuosa sensación de civilizado animalismo envolvió a Eva. Una mezcla compleja de excitación, deseo y miedo la invadió. Por primera vez se sintió presa y no cazadora y eso le aterraba. Por primera vez sentía el placentero miedo de la cacería. Por primera vez un Nuevo depredador había entrado a sus dominios pero esta vez no competiría por la presa sino la convertiría a ella en su presa. Aquel compadrito elegante se deslizaba lentamente en la pista y guiaba con majestuosa clase a su compañera. Su mirada lubrica y arrogante clavada sensualmente sobre los ojos de su compañera y el sonido de aquel delicioso tango no hacia mas que enamorar a su audiencia y reafirmar su papel de macho cazador.

Por primera vez Eva temía no ser fuerte y demostrar un verdadero interés en un cazador más poderoso que ella. Por primera vez sintió que ni el humo de sus cigarrillos, ni el sabor de su vino barato ni su propia belleza o su aura magnética podrían reafirmar su temple. Por primera vez sucumbía, se rendía ante le acechante encanto de un macho alfa y eso no era bueno, eso no era ni siquiera la sombra de aquella exitosa, respetada y reconocida mujer.

Por primera vez ella temía aquel calor y aquella humedad con la cual su cuerpo se revestía, y el, en aquella majestuosa danza le notaba inquieta, deseosa y temerosa. Y fue axial como en medio de aquel ritual de erotismo al compás de un tango, el le sonrío sensualmente y ella no supo como reaccionar a aquellas intensas corrientes eléctricas que le recorrieron la espina dorsal y remataron en ambos extremos, atrofiando su voluntad y excitando su deseo.

Y aquella pieza culmino magistralmente. El se separo de su compañera y camino lentamente hacia Eva de la misma manera que lo hacen los felinos en la selva que asechan a sus presas. Pasos firmes e intensos, cubierto de arrogancia y masculinidad, orgulloso de si mismo, las facciones de protagonista de película de los años cincuenta, la actitud de truhán de garito y un par de calidos ojos del color del embriagante whisky. Una extraña sensación de expectación y deseo le invadió súbitamente y la presencia de aquel hombre hizo que Eva dejase caer su cigarrillo al suelo sin razón aparente. La orquesta cayo en la expectación de saber quien seria la próxima a ser escogida por aquel cazador. Y como siempre las murmuraciones iniciaron. En aquel momento aquella vieja milonga era el universo completo y Eva era un pequeño satélite que orbitaba a merced de los deseos de un planeta habitado por el encanto, el aroma a tabaco y colonia de barbería y una altísima carga de testosterona. Eva sucumbió. Lo hizo por primera vez ante un hombre, ante un cazador, dejo de ser el perfecto ejemplo de mujer contemporánea o de líder de revista feminista. Se convirtió de Nuevo en una mujer deseosa que se rinde ante las armas de un hombre que provoca el deseo.

El llego ante ella y le vio fijamente a los ojos con la mirada saturada de lujuria y con el temple plantado en la arrogancia pero con una extraña y tierna sonrisa angelical. Ella sintió de nuevo como una terrible carga eléctrica le recorrió el cuerpo y una suntuosa humedad le revistió. El le tendió la mano en un galante gesto y ella no pudo resistirse a tomarla y morderse suavemente los labios. El sonrío de nuevo y ella sucumbió ante su sonrisa. La pista se abrió completamente para ambos de la misma manera que lo hacen las manadas de lobos cuando sus alfas se aparearan. Todos estaban a la expectativa de la mezcla que generaría aquella pareja singular. Ambos caminaron hacia el centro de la pista y Eva se preguntaba como había sucumbido, como había permitido que alguien totalmente ajeno a ella hubiese logrado que su voluntad y su orgullo fuesen colocados por el suelo de una manera tan seductora y generando tal carga de erotismo.

Llegaron juntos al centro de la pista y el la tomo sin dejar de verla y sin decir palabra alguna. Con una sola mirada y el gesto de acomodar su sombrero la orquesta inicio con un clásico de Gardel, “Por una cabeza”. La mano de aquel hombre descendió lentamente por la espalda de Eva y se poso firmemente en su cintura mientras sus ojos le veían intensamente, como tratando de extraer sus mas íntimos secretos y luego comerciar con ellos. Pero todo ello no importo desde el instante en el que aquel hombre inicio el ritual de seducción llamado tango. Eva, acostumbrada a guiar, debió rendirse ante el desde el primer instante en el que sus intenciones fueron cortadas, ella intento guiar y el la sujeto fuertemente y la regreso a su estado de sumisión. A lo que ella respondió obedientemente. Fue axial como ella comprendió el porque las mujeres que por décadas habían entonado himnos trágicos y de sumisión en sus tangos favoritos lo habían hecho con tan convicción. Y no podía ser por otra razón que no fuesen aquellos hombres que inspiraban aquella música.

Aquel extraño que semejaba un galante villano de película glamorosa hacia con ella todo lo que deseaba sin decir palabra alguna, sin dejarla de ver a los ojos a no ser por algún efecto dramático que enaltecía su arrogancia y la elegante estética de aquel baile. Y ella desfallecía, se rendía: sin voluntad, sin autodominio, sin vergüenza, sin represión, atada por completo a la voluntad de un hombre.

Elegantísimos ganchos, dramáticos efectos y exóticos pasos eran el resultado de un complejo, hermoso y sensual baile en el que una ponderosa y reconocida mujer se subyugaban a los deseos de un hombre. Aquel no era mas que la representación enésima de la misma historia que todos los tangos contaban. Era la tragedia de una intensa pasión, era la belleza del deseo sublimado, era el erotismo vulgar y suculento de la callejera y el canfliflero, el lugar era de nuevo un "bordello" y ellos, dos hermosos protagonistas de una historia de pasión.

Eva se olvido de los éxitos y los números, se le olvidaron las proyecciones y las reuniones de directiva, se le olvido el respeto ganado, se le olvido todo aquello para recordar su aspecto mas primitiva, recordó a la mujer que desea, a la mujer primitiva que necesita ser seducida y conducida al lecho no por el perfecto caballero sino por el macho conquistador. Ella danzaba de nuevo guiada, no era ella el timón sino la vela que era sabiamente conducida por el viento. Ella se sometía al ingenio de un hombre y su cuerpo se rendía a una fortísima carga feromona y emotiva mientras el solo sonreía con malicia.

Y en un gesto supremo finalizaron la danza con ella por los suelos suplicante y satisfecha y el acomodando su chaleco y sonriendo con desden.

Eva había sido reducida y exaltada al mismo tiempo. Luego en un dramático y caballeroso gesto, el la recogió gentilmente del suelo, la acerco fuertemente a si mismo y acaricio con su nariz la rosada mejilla de Eva. El cuerpo de ella se tensó y no pudo evitar lanzar un apagado gemido e incrustar sus largas unas en los hombros de aquel extraño. El simplemente sonrió y le vio fijamente a los ojos mientras sus narices se acariciaban y el calido aliento de ambos se mezclaba al momento en el que todo el salón aplaudía jubiloso.

El se retiro despacio y tomo galantemente la mano de Eva, la beso y condujo de nuevo hasta su asiento. Se sonrío de nuevo con ella, largamente. Hizo un dramático gesto con su sombrero, acaricio el hermoso rostro de Eva, se incorporo para sacar un cigarrillo del bolso de la atónita mujer y se dio la vuelta para partir.

Eva temblaba aun a causa de la excitación y casi no escucho lo que hizo que su cuerpo temblase aun mas a causa de la enorme sorpresa que aquello le provoco cuando una de las mozas de aquel lugar se acerco para llenar de nuevo su copa de vino barato.

- “Nena, sos afortunada. No cualquiera hace lo que hiciste con ese hombre. No cualquiera lo hace. Cualquiera de nosotras mataría por bailar como vos lo hiciste con el sordo.”

domingo, 11 de julio de 2010

Pluvia



(M, te extraño tanto...)

El dulce aroma de la lluvia cayendo lentamente
me recuerda tu piel desnuda al anochecer
serena, poética y compleja
limpia y vital
completamente inalcanzable a pesar de estar a mi lado.

El rumor de la lluvia en mi ventana, deslizándose perezosamente
me recuerda tus versos antes de dormir
casi susurrados
casi descalzos de cualquier miedo o dolor
casi completos
casi míos...

El frío de la noche me recuerda tus ojos antes de dormir
tan cansados de todo aquello que no puedes resolver
tan plenos de esperanza
tan plagados de cuentos por contar, de castillos por construir
esos mismos que edificas en mis neuronas y plantas en mi piel.

El suave deslizar del agua en mis dedos trémulos
me recuerda la velada caricia que duerme en nuestro abrazo
el aliento sublimado de las palabras no dichas
el alma intensa de todo aquello que no existe aún pero mora en nosotros.

La lluvia cayendo lentamente cada noche
me recuerda como transformamos dos monosílabos egoístas
en esa palabra que conjuramos antes de dormir recordando quienes somos…

El dulce aroma de la lluvia cayendo lentamente
Me recuerda que estás tan cerca como mis memorias te traigan a mi lado…

Japa Mala



(Un poema a M)

Una a una se desgranan las cuentas
Un momento de calma
Dos instantes recordados lentamente
Tres intentos de fijarte en mi memoria
Cuatro, cinco, seis, tantas veces en las que fuimos uno

Inhalo los latidos de tu palpitante corazón
Exhalo el miedo de perderte
Cierro los ojos y abro mi mente
Permito que los recuerdos se apoderen de mi estado de total complejidad
Esa que te dedicaste a cultivar serenamente
Cuando ni siquiera nuestras palmas se tocaban
Pero nuestras almas se contoneaban en totalidad…

Diez, doce, veinte, tantas veces, tantos sueños
Me detengo en medio de aquel mantra que compusimos juntos
Me rehúso a creer que estás dentro de mí mientras tan solo te pienso
Mientras tan sólo te recuerdo
Treinta, treinta y tres, números mágicos que me recuerdan tu conciencia
Mi soledad es cada vez menos dolorosa cuando repito tu nombre
Y recuerdo tu aliento recuperando mis ausencias
Recobrando mi fuerza…

Respiro de nuevo el aroma del sándalo y de tu piel en mi memoria
Cuentas rojas y frías se deslizan en mis manos
De la misma manera que tu recuerdo se desliza en mi hipotálamo
Cincuenta, sesenta, setenta, ochenta, noventa y tantas veces
Esas mismas que te apareces en plenitud y en mi alma
Esas mismas que te me colás en los sueños
Esas mismas en las que se me olvida por completo que nunca te fuiste…

Monosílabos de vibrante trascendencia en sánscrito y en silencio
Tu nombre y el aroma del mate y el incienso en mi ventana
Cien,
Ciento uno
Siento uno, un solo respiro de tu alma
Ciento cinco, ciento seis, siento siete momentos eternos junto a vos
Ciento ocho veces he contado tu nombre con los ojos cerrados
Porque ahora ese es el único mantra que mi trascendencia conoce
Recuerdo de nuevo
Vos, yo, uno, dos
Un mantra que solo puede ser tu nombre…